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Capítulo 4

el banco

 

Sevilla, martes 17 de marzo, 11:15 de la mañana.

   Habría pasado infinidad de veces por delante de aquel Banco, pero jamás traspasé sus puertas. El empleado que me atendió fue muy amable y profesional. Tras comprobar mi identidad y verificar que el número que me facilitó don Gonzalo coincidía con una de las cajas de seguridad, me acompaño a través de un ascensor hasta un piso inferior donde tenían instalada una cámara acorazada tras una imponente y sólida puerta blindada.

  Era una estancia rectangular de aproximadamente 50 metros cuadrados. En el centro de la sala, dos sólidas sillas tapizadas en verde oscuro escoltaban una majestuosa mesa de madera artísticamente tallada con arabescos en relieve. En las paredes laterales, de aspecto metálico, se alineaban las cajas de seguridad; estaban colocadas en cinco filas formando una perfecta cuadricula y circundaban todo el espacio disponible en los muros. Calculé a simple vista más de 150 por cada lado. El empleado me situó delante de una de ellas, estaba colocada casi al fondo, en una de las esquinas. Era mi primera vez en un lugar como ese, mis referencias de lugares parecidos provenían solo del cine, pero no me sentía incomodo en absoluto.

  • La suya es la de en medio. – me anunció.

  Desplegó un teclado que previamente había cogido doblado de encima de la mesa central y lo adhirió en el costado metálico, entre mi caja y la siguiente; después extrajo de la esquina del teclado un cable provisto de clavija y lo conectó a la ranura que la puerta de la caja de seguridad tenía en el centro. Me recordó el calendario imantado que tengo pegado en la puerta de mi frigorífico, solo que este teclado tenía un pequeño cuadrado en la zona superior con números y la inferior rectangular con las 28 letras del alfabeto más una tecla un poco mayor en color verde.  

  • Ha de utilizar el teclado, introduzca primero el número, a continuación, la clave alfabética y por último la tecla verde para confirmar. Le esperaré fuera, avíseme cuando haya terminado. – explicó antes de retirarse discretamente conforme a un estudiado protocolo, para dejarme a solas en el interior.

  Bueno, vamos allá, al fin saldría de dudas, a ver qué me aguardaba dentro de aquel misterioso cofre. La serie de siete números ya estaba introducida, ahora les tocaba el turno a las letras, cruce los dedos y confié en que mi intuición no me fallase… “SIMBAD”.

  La mini pantalla que incorporaba el teclado se fue a negro, para acto seguido iluminarse con un tono azul brillante, mientras, en el interior del cofre, un mecanismo se puso en marcha con un sonido metálico, emitió un ligero chasquido y la portezuela se abrió ligeramente. Dentro había una caja metálica rectangular de 30 por 50 cm y de una cuarta de alta. Me la llevé hacia la mesa central y la examiné con atención. Era de un gris oscuro muy pulido, casi negra. Se necesitaría un análisis a fondo para saber la composición, pero yo diría que estaba hecha con una aleación de metales nobles. No presentaba ninguna inscripción, nada relevante en su superficie completamente lisa. El único elemento discordante era una pestaña sin cerramiento situada en un lateral. Tiré de ella y abrí la tapa. Lo que encontré en el interior al principio me decepcionó un poco, la verdad. Tampoco es que me hubiese hecho una idea aproximada de lo que mi tía podría guardar allí, solo es que después de tantas molestias, como se supone que habría tomado, y tanto secretismo; solo encontré un libro y dos llaves. Tal vez esperaba encontrar joyas, dinero en efectivo, títulos de propiedad, o lo que imaginaba más probable, tal vez en consonancia al secretismo y la naturaleza de las formas que me habían llevado esa mañana hasta aquel despacho: documentos comprometidos. No se… aquellos objetos se me antojaban poca cosa. Qué equivocado estaba.

  De las dos llaves, una era actual, sin nada reseñable que la hiciera especial, igual a las que todos llevamos en los bolsillos; tenía toda la pinta de pertenecer a la puerta de una casa o algo parecido. La otra tenía un aspecto un poco raro, y entenderéis a que me refiero cuando digo “raro”. Daba la impresión de ser muy antigua y presentaba una decoración muy artística. Posiblemente forjada en bronce. El extremo por el que se supone ha de empuñarse estaba formado por dos medias lunas unidas por las puntas enmarcando una esfera azulada. El cuerpo o continuación no era lo que convencionalmente podríamos llamar una llave, con los habituales dientes semejando la silueta de una cadena montañosa, nada de eso. Ese extremo estaba compuesto por una varilla atravesando dos estrellas desiguales antes de terminar en una punta de flecha. Lo que abriese esa llave debía ser igual de complicado y posiblemente tan antiguo como ella. Jamás había visto nada igual. Pero lo que realmente llamó poderosamente mi atención fue el libro. Siento debilidad por los ejemplares del estilo que tenía delante, considero que, con independencia del tema que traten, cada uno de ellos es una obra de arte en sí mismo, joyas que han contribuido al avance de la humanidad como ninguna otra cosa.

  Lo tomé con cuidado para examinarlo con precaución temiendo que en cualquier momento se desintegrara entre mis dedos, pues tenía todo el aspecto de ser muy antiguo. Todo él parecía estar confeccionado en piel, incluidas las hojas interiores de un tono amarillento, casi ocre. En las gruesas tapas, de color cuero natural, tenía grabado a fuego el mismo motivo que lucía la empuñadura de la llave rara. Se diría que esas dos medias lunas opuestas y la esfera interior eran las señas de identidad de lo que fuese; no era casual que se repitiesen en ambos objetos, por lo tanto, necesariamente estaban relacionadas entre sí.

  Hojeando las páginas pude comprobar que el contenido estaba escrito a mano, pero no entendía nada, el alfabeto utilizado me era totalmente desconocido. Las letras, o lo que sea que fueran aquellos signos, al menos estaban colocados en renglones horizontales siguiendo el mismo patrón del alfabeto latino y parecían estar ordenados de izquierda a derecha, al estilo de los idiomas europeos, pero jamás había visto una escritura igual. No soy ningún experto, pero me dio la impresión de que aquellos signos guardaban cierta similitud con la escritura de los pueblos más antiguos de la cuenca Mediterránea. Algunas páginas contaban con extraños dibujos coloreados que semejaban esquemas, a los que de momento no presté mucha atención. No me entendáis mal, me hubiese encantado sentarme y deleitarme con esas ilustraciones, lo estaba deseando, más adelante os daréis cuenta de mi pasión por ese tema, pero aquel no era el momento.

  El empleado del banco seguía esperándome pacientemente fuera de la sala. Yo ya no tenía nada más que hacer allí, así que volví a meter todo en la caja metálica, y la caja a su vez en una bolsa de viaje que había tenido la precaución de llevar, por si acaso; no me equivoqué. Me dispuse a dejar el banco con una expresión de perplejidad cincelándome el rostro y el “legado” de tía Enriqueta bajo el brazo.

  • ¿Ha terminado ya? – preguntó mí escolta del banco.

  • Así es, muchas gracias. No sabía qué hacer… he dejado la caja abierta. No creo que vuelva a utilizarla más – dije un poco titubeante.

  • Bueno si no ha dejado nada dentro puede quedar tal cual, yo me encargaré de cerrarla. De todos modos, el alquiler de esa caja está pagado hasta finales del año en curso y el importe no es reembolsable. Mi consejo es que no cancele la cuenta y se lo plantee como una posibilidad. Quién sabe… puede que la necesite en un futuro Tómese un tiempo de espera, y si al final decide cancelar, puede hacerlo con un sencillo trámite.

  • Me parece buena idea, gracias por su consejo, tal vez volvamos a vernos… buenos días. – Salí del banco pensativo, y con la impresión de llevarme algo que no me pertenecía.

  Regresé caminando hasta el hotel. La avenida de la Constitución estaba radiante y muy animada, podía palparse en el ambiente el pulso de una ciudad que vive como ninguna la Semana Santa. El devenir de nazarenos arriba y abajo camino del punto de partida de su cofradía era constante. El aire venia perfumado con un aroma de incienso que te limpiaba el alma.

  Seguía dándole vueltas a la cabeza, intentando poner orden a todo cuanto había sucedido aquella mañana, desde que Lola me despertó.  Se dibujó una sonrisa en mis labios ahora que volvía a pensar en ella y otra vez me inundó esa sensación placentera que sentí por haber retomado el contacto. Le prometí llamarla y eso haré, me apetece mucho verla. ¿Cómo habrá evolucionado físicamente, que aspecto tendrá?

  La última imagen que guardaba de ella era de cuando ambos teníamos 14 años, recordaba sus perfectos rasgos y esa mirada tan expresiva que siempre usaba para leerme el interior, imposible no sentirse atraído, máxime siendo dueña de aquellos encarnados y perfectos labios. Tampoco te dejaba indiferente su forma de ser y aquel comportamiento singular tan suyo. El físico puede cambiar, pero el carácter raramente se transforma tanto como para distanciarse del original y el que yo tenía grabado de Lola era especial. Bastaría sumergirme un instante en sus ojos verdes para rememorar tiempos felices. Cuando conoces a alguien sin saber muy bien que aspecto tiene, como es su rostro, su cuerpo, pero, aun así, definitivamente te gusta, la atracción es emotiva, sensorial; te enamoras de su alma y eso es condenadamente irresistible, es mil veces más fuerte que la atracción física.

   También yo había cambiado, evidentemente. Dejé los 14 años atrás y ahora, según decía siempre mi madre, era un cuarentón bien parecido; aunque esa no era una opinión imparcial precisamente. Mantenía prácticamente el mismo pelo abundante que en la adolescencia, sin canas, castaño y ligeramente rizado. No destaco por alto, pero tampoco soy bajo, la altura ideal para encontrar siempre mi talla, sin arreglos posteriores, en los comercios de ropa, algo verdaderamente práctico si lo piensas bien.  

  Tal como yo lo veía, dado el estado las cosas, tendría que ir a La Campana, era la única forma de solucionar algo. “…He de hacerme cargo de la casa de tía Enriqueta, ver en qué estado se encuentra y posteriormente decidir qué puedo hacer con ella.”

  Imaginaba que liquidar el asunto de los bancos sería una tarea más fácil, pero era cuestión de visitarlos a todos ellos, porque no tenía ni idea de donde habría podido tener abierta una cuenta. Realmente el dinero era algo que no me preocupaba demasiado. Solo esperaba que tuviese el suficiente que me permitiera cubrir el impuesto de sucesión, para que aquella herencia no terminara convirtiéndose en un regalo envenado. Tengo entendido que en Andalucía te clavan sin piedad. Por otra parte, quizás allí, en el origen de todo, encuentre también alguna explicación al libro, a qué daban acceso aquellas dos llaves y para esclarecer aquel sin sentido rocambolesco e intrigante.

 

 

 

 

 

 

Capítulo 5

morriña

 

 

La Campana, martes 17 de marzo, 13:00 horas.

El camino desde Sevilla a La Campana fue lo más parecido a un viaje de regreso al pasado. Casi treinta años atrás hice el mismo recorrido por última vez, pero a la inversa. Recuerdo con tristeza que, en aquella ocasión, iba dejando todas las ilusiones suspendidas de los campos de olivos con cada kilómetro que me alejaba del pueblo, y eso sin saber que sería para no regresar. Recordaba aquel día con amargura, en aquel momento, una amalgama de sentimientos sueltos, campaban sin control por mi interior haciendo que sintiera, entre otras cosas, vértigo a lo desconocido, impotencia y rabia por haber tenido que dejar atrás mi círculo de amistades.

  Cuando tienes 14 años ni eres mayor de edad para hacerte el fuerte e imponer tu voluntad, ni eres un niño al que le da igual vivir en un lugar o en otro con tal de estar junto a sus padres. Me arrancaron de raíz, como se arranca un árbol pequeño y me trasplantaron en tierra catalana, a pesar de todo, esas raíces estaban lo suficientemente profundas como para no olvidar jamás los maravillosos años que pasé en mi tierra de origen.

  Algunas cosas habían cambiado para mejor, la carretera por ejemplo ya no tenía tantos baches. Iba fijándome a un lado y otro del camino y también los cortijos se veían más cuidados. Margaritas blancas y amarillas salpicaban el campo de inmaculado color mientras aquí y allá manchas de amapolas aportaban un toque coqueto con su rojo carmesí. Contemplar el conjunto te aportaba un subidón de energía positiva.

  Nada más dejar a la izquierda el cortijo “el Toril”, ya empezaba a perfilarse la silueta del pueblo en el horizonte, desde aquella distancia todo parecía igual. Destacaba en el centro el perfil inconfundible de la iglesia principal del pueblo, Santa María la Blanca, con sus dos torres en el frontal. Pensareis que soy un nostálgico empedernido, pero llevo grabado a fuego incluso el particular tañido del repique de sus campanas. La emoción se apoderaba de mí contemplando de nuevo después de tantos años esa inconfundible imagen tantas veces recordada.

  El reloj marcaba la una y cinco cuando circulaba sin prisas entre las primeras casas situadas a un lado y otro de la carretera de entrada. Aparqué el coche cerca de la cooperativa olivarera, a medio camino entre esa construcción industrial y el antiguo “Paseo del Campo”. El característico aroma a olivas prensadas me recibió nada más abrir la puerta del coche. A pesar de no ser época de producción de aceite, el olor de ese fruto, después de tantísimos años elaborándose en aquel lugar, había impregnado cada centímetro cuadrado de los muros de la fábrica y regalaba sensaciones ligeramente amargas y afrutadas a quienes supieran apreciarlas.

  Al otro lado de la carretera había una especie de bazar con toda la pinta de tienda de chinos, no sé porque, pero me resultaba extraño que hubiese recalado en La Campana alguien de China. Si han llegado hasta este rincón es que ya no les queda nada por descubrir, pensé. Otra novedad más para añadir a las que, hasta el momento, ya había tenido oportunidad de observar. Todo el entorno me era familiar, pero al mismo tiempo tenía la sensación de estar en un lugar extraño, me había perdido años de evolución y ahora las fotografías del pueblo, que almacenaba en mi cabeza, no tenían validez o debía actualizarlas sobreponiéndolas a lo que mis ojos veían.

  Decidí que lo mejor en aquellas circunstancias sería contar con una mano amiga que me hiciera sentir bienvenido. Puesto que allí no tenía ninguna familia, llamé a la única persona que estaba seguro de conocer. Busqué en los contactos del móvil y marqué el último incorporado. Una voz alegre y agradable me contestó.

  • ¡Hola Julio!

  • ¡Hola Lola! prometí llamarte y ya ves que cumplo mis promesas.

  • Qué bien que lo has hecho, me alegro de que seas tan formal; en eso no has cambiado, siempre fuiste un buen chico.

  • Y tú siempre serás la chica más alegre y guapa que he conocido jamás, no sé por qué, pero pienso que tampoco tú has dejado de ser así.

  • ¡Vaya! Esa sí que es buena… ¿de modo que esa imagen tienes de mí? espero no decepcionarte, si alguna vez tenemos ocasión de vernos en persona. Por cierto… ¿solucionaste algo de lo que me dijiste está mañana? Parecías preocupado, aunque tengo que disculparme, la verdad es que también te cogí desprevenido y demasiado temprano para tener capacidad de reacción. En seguida me di cuenta de que tus reflejos aún dormían.

  • Bueno, se puede decir que conozco algunas cosas que antes no sabía, y que he solucionado en parte el motivo de mi viaje, pero me da la impresión de que solo tengo a la vista la punta del iceberg, estoy más liado que cuando hablamos esta madrugada pasada…perdón quise decir esta mañana.

  • Sigues teniendo el mismo peculiar humor, ya no me acordaba de tus bromas encubiertas usando frases con doble sentido, seguro que lo has dicho con esa cara tan seria que siempre ponías y que, a veces, descolocaba a más de uno. Que guasón. Ya te he dicho que siento haberte despertado de esa manera, pero tenía un buen motivo.

  • Disculpas aceptadas, me encantaría saber cuál es esa razón, como asimismo quien te facilitó mi número de móvil.

  • Ningún problema, yo también tengo muchas preguntas que hacerte, ahí van las dos primeras ¿Te vas a quedar muchos días en Sevilla? ¿Podríamos vernos antes de irte?

  • De hecho, en este momento estoy en La Campana, justo acabo de llegar y estoy aparcado en la carretera de Carmona, en frente de mi coche tengo lo que parece una tienda de chinos.

  • ¿En serio? ¡estupendo! dime una cosa Julio… ¿Qué planes tienes para hoy?

  • Lo primero de todo comer algo, después iré a la casa de mi tía Enriqueta, lo que haga más tarde dependerá de eso último. ¿Has almorzado ya?

  • No aún no… ¿Por qué lo dices, acaso vas a invitarme?

  • Por supuesto, eso mismo iba a proponerte ¿Dónde te apetece que vayamos? Aconséjame tú, que ahora eres la que mejor conoce el pueblo, yo quedé anclado en el siglo pasado.

  • ¡Me gusta esa invitación! Y por supuesto ¡acepto! Pues la verdad es que, como siempre ha ocurrido en La Campana, estamos bien surtidos de bares y la mayoría muy buenos, eso es algo que no ha cambiado desde entonces, ya lo sabes. Yo suelo ir a uno que está muy cerca de donde te encuentras ahora. No tiene perdida, escúchame: nada más cruzar la carretera de Carmona verás la entrada de la Cooperativa olivarera, a continuación, hay un supermercado, sigue esa calle y al final llegarás a un bar restaurante que hace esquina. He de terminar algo, pero no tardaré, podemos quedar allí, digamos qué… ¿dentro de veinte minutos?

  • Perfecto, allá te espero ¡hasta ahora Lola!

  • ¡Hasta dentro de un momento Julio!

  No tuve problemas para encontrar el sitio. Una bonita cafetería con terraza cubierta, desde la que se divisaba una amplia explanada seccionada por un jardín central. El local estaba bastante concurrido, lo que quería decir que debían tener buena cocina y el servicio estaría en consonancia, seguramente atento y amable. Tomé asiento en la terraza empapándome de los aromas que emanaban de los platos transportados por un par de camareros, una chica y un chico. Pedí una cerveza y aplacé el encargo de comida hasta la llegada de Lola.

  Aquella parte del pueblo era desconocida para mis ojos, recordaba la Cooperativa Olivarera y los antiguos pisos donde en su época se alojaban los maestros de escuela, la mayor parte de ellos forasteros destinados en el pueblo. Los hicieron junto al “Paseo del campo” por su proximidad a los colegios, situados también en ese emblemático y largo paseo. Ese lugar me traía muy buenos y entrañables recuerdos. Ese alargado rectángulo jalonado por acacias negras era el sitio donde se celebraba desde que tenía memoria, y siempre a principios de agosto, la Feria de San Lorenzo. En esos días de fiesta el tranquilo paseo se transformaba y lucía espectacular. Quedaba engalanado con miles de farolillos y banderitas de papel multicolor representando todos los países del mundo.

A uno y otro costado, casetas alineadas en dos hileras paralelas flanqueando una amplia franja cubierta de albero, siempre recorrido por un flujo constante de gente yendo y viniendo entre una algarabía de música de todos los colores. Por unos días, las preocupaciones, aparentemente, quedaban relegadas a un segundo plano, y la inercia del jolgorio obraba el pequeño milagro de hacer un paréntesis de felicidad en medio del agobiante bochorno estival. En mi mente ese escenario era redondo y sin aristas, todo encajaba a la perfección.

Las casetas de juguetes situadas al principio seguidas por dos o tres puestos de turrones, ¡sí, sí, turrones! Hasta eso, que parece ilógico en un agosto con 40 grados a la sombra, no me parecía fuera de lugar. Las tómbolas venían después con los típicos y gigantes peluches colgando del techo y un batiburrillo de regalos expuestos en cascada tras los incansables “tomboleros”, y ellos desgañitándose con su machacona cantinela en el intento por seducir al mayor número de incautos; comprar una papeleta era tener “premio asegurado”, al menos eso publicitaban vociferando, haciéndose oír por encima del maremoto musical de fondo.

 

A continuación, se asentaban los bares provisionales con sus toldos o cubiertas de ramas, imprescindibles si no querían que sus clientes quedasen achicharrados por el “solinero”. Esos establecimientos eran la fuente inagotable de mis “ejércitos” de chapas. Una vez terminada la feria, en los sitios que habían ocupado aquellos chiringuitos, siempre quedaban esparcidos por el albero o la cuneta infinidad de chapas metálicas de bebidas, era el momento de recolectarlas y llevarlas a casa. Recuerdo que las más abundantes eran las de cerveza Cruzcampo, Coca-Cola o Fanta; esas eran los soldados. Las menos abundantes como “El Águila” eran los comandos o ejércitos más pequeños y así sucesivamente. Cuando aparecía una realmente rara, automáticamente se convertía en el comandante o coronel. Las de cerveza Estrella del Sur eran mis preferidas para convertirse en generales. Imaginación no me faltaba.        

  Lo que casi siempre se situaba al final del paseo eran las atracciones mecánicas: norias, látigo, tiovivo y lo más atrayente de todo para mí… ¡los autos de choque! Mirándolo hoy desde la distancia temporal, se podría decir que aquella atracción de feria actuaba en mi cerebro como una droga. Esa sensación de controlar un vehículo, aunque fuese dentro de un rectángulo cerrado y por tiempo limitado, era muy adictiva. El objetivo de todo adolescente que se preciara era comprar fichas para invitar a la chica de sus sueños a viajar a su lado, sin importar lo efímero del trayecto.

  Ahora nada era igual. Allí se había construido bastante, extendiéndose al otro lado del Paseo del Campo nuevas calles con solidas edificaciones de nueva planta, ocupando lo que antiguamente eran tierras de labor. Todo en esa zona me era desconocido. Como ese gran edificio que tenía enfrente un poco a la izquierda. Intenté recordar que ocupaba aquel espacio anteriormente y la imagen que acudió a mi mente fue la caseta municipal multiusos; aquel espacio que lo mismo servía para un concierto de heavy metal, que para una cena anual de jubilados. Por el tamaño podría ser, pero no era así como la recordaba, además tenía el aspecto de ser usado para otra cosa, parecía algún edificio oficial, en fin, seguro que Lola me sacaría de dudas.

  No tardó en llegar, la vi aparecer por mi izquierda saliendo precisamente del edificio que estaba ocupando mi atención en los últimos minutos. Había estado especulando con la idea de si podría reconocerla después de tanto tiempo, pero esa incertidumbre desapareció de inmediato. Aún desde la distancia en la que me encontraba, su estilo de caminar era inconfundible. Casi deslizándose sin esfuerzo y con esa gracia que siempre la caracterizó, fue aproximándose a mí. Estaba impaciente por abrazarla.

  • Qué bien te ha tratado el tiempo Julio, estás increíble – una emoción incontrolada se estaba adueñando de mis sentidos, mientras su sonrisa atrapaba mi voluntad y nos fundíamos en un abrazo.

  • Nos han robado el pueblo que conocíamos, pero no han podido con mis recuerdos. – le dije. Y ella volvió a sonreír, y tenía la misma sonrisa de entonces. La de los domingos antes del cine, la de la mitad del mismo helado para cada uno, cuando la música además de una canción era la promesa de un abrazo en movimiento – Imposible ser más guapa y no estoy exagerando “ni migita” – continúe diciendo – Has sufrido una metamorfosis espectacular, Lola. ¿Qué has hecho de aquella niña con coletas que se peleaba conmigo por lo más mínimo y que, al mismo tiempo, tenía la facilidad de hacerme soñar con mundos de fantasía?

  • No ha ido a ninguna parte, sigue estando debajo de esta piel. – la miré sin decir nada, cartografiando su anatomía.

  • Has madurado y transformado lo que ya era hermoso, en algo sublime – no pude ser más sincero.

  • Me sorprendes Julio, te recordaba más tímido, pero ahora veo que actúas con una confianza desbordante. Un cambio interesante y atractivo. En cuanto a tu aspecto físico ¿Qué decir?  También la madurez te ha aportado un plus atrayente y sugestivo. – sus palabras calaban hasta lo más profundo, no podía dejar de mirarla.

  • ¡Hola Lola! – la camarera interrumpió con una voz cantarina anunciando el menú del día alegremente– ¿Queréis pedir alguna cosa de comer?  Hoy tenemos de primero, ensalada Cesar o paella, y de segundo, pollo al ajillo o calamares a la plancha, aparte también están las tapas de siempre ¿Qué os apetece?

  • Tú eliges Julio, yo tomaré lo mismo que pidas. – dijo con esa sonrisa en los labios capaz de desarmar un ejército.

  • Deberías ser tú la que pidas, ya que conoces mejor la casa, pero está bien. Mira lo que me gustaría es probar un poco de tapas variadas. – dije a la chica – he visto que todo lo que sacabas tenía una pinta estupenda, y yo hace mucho que no pruebo la buena cocina de mi pueblo. Ve trayendo unas cuantas de lo que te parezca y ya te avisamos cuando estemos llenos ¿te parece Lola?

  • Me parece una buena idea, que así sea y… Paula, trae también dos cervezas más, por favor.

  • De acuerdo. – Paula se marchó con cara de satisfacción, guardando la libreta de comandas y, lo más seguro, con la intención de hacernos disfrutar de sus mejores tapas.

  No podía imaginar en que otro lugar podía estar mejor en ese momento que sentado allí con aquella mujer, me invadían un alud de recuerdos agradables que obraban el prodigio de hacerme olvidar para que estaba en La Campana, mi único objetivo ahora era empaparme de la magia del momento, pero fue ella la que rompió el hechizo y me recordó el motivo de mi visita.

  • He sentido mucho la muerte de tu tía, creo que no te lo había dicho hasta ahora. Como sé lo unido que estuviste a ella en el pasado, supongo que ha debido ser un duro golpe para ti.

  • Gracias, sé que lo dices de corazón. Estás en lo cierto, era lo último que me hubiese esperado, en realidad no era tan mayor. Desde que ayer tuve noticia de ello, no dejo de preguntarme como ha ocurrido algo así. –  Intenté situarme mentalmente en mi casa de Segovia, en el momento en que abrí la carta y se me antojo algo muy lejano, habían pasado apenas 48 horas, pero estaban siendo unas horas muy intensas, llenas de imprevistos que habían hecho añicos mi rutina diaria.

  • ¿No sabes cómo murió verdad?

  • Pues la verdad es que no, solo me informaron del fallecimiento y de que me había nombrado su único heredero, esta misma mañana he acudido a una Notaría en Sevilla para que me leyeran su testamento.

  • ¿Entonces eres el nuevo dueño de la casa de la calle Larga?

  • Sí, de la casa y de un terreno que según parece está por la carretera de Palma, pero no tengo ni idea por qué parte cae ni con que fincas es colindante.

  • Yo sé cuál es, un haza de olivos que hay cerca del cortijo de La Cigüeña, no te preocupes, si quieres te puedo acompañar cuando te vaya bien, para que sepas exactamente su situación.

  • Vale, gracias, tampoco es algo que ahora me preocupe demasiado, considero que es más importante de momento saber otras cosas. Por ejemplo, dime… ¿Cómo murió la tía Enriqueta? –  por la cara que puso Lola me temía otra sorpresa.

  • Bueno, antes de nada, tienes que saber que “oficialmente” su muerte se debió a causas naturales. Se le paró el corazón, un infarto de miocardio agudo y el corazón dejó de funcionar, según el informe del médico que certifico el fallecimiento.

  • ¿Pero…? – dije interrogante.

  • Efectivamente hay un “pero”. Si te lo cuento a lo mejor pensarás que estoy loca, paranoica o las dos cosas a la vez y no quiero que te lleves esa impresión de mí.

  • A ver, sé que eres muy dada a la fantasía, eso me consta y espero que no hayas cambiado en ese aspecto, porqué me encantaba – puso cara de enfadada, pero con un mohín gracioso que arrancó mi sonrisa – y también sé que eres muy perspicaz e intuitiva, no se te escapa ni una. En un asunto de gravedad, como este, estoy seguro de que no hablarías por hablar. No me cabe duda de que hay algo que te inquieta y me gustaría que lo compartieras conmigo. – estaba pensando en el torbellino de novedades que se me estaban viniendo encima desde que recibí la carta en Segovia, y al que ya casi me estaba acostumbrando. El ser humano es un animal de costumbres acomodadas en la mayoría de los casos, pero tenemos la asombrosa capacidad de adaptarnos a las circunstancias con rapidez.

  • Está bien Julio entonces escúchame, a ver a ti que te parece. Dos días antes de su muerte, estuve hablando con ella en mi despacho del ayuntamiento. Vino a verme porque quería saber dónde podía encontrar unos planos antiguos de la zona del Paseíllo de los Trabajadores, para ti simplemente el Paseíllo, me imagino, ya que al nombre se le añadió la coletilla de “los trabajadores” después de irte tú del pueblo. La cosa es que me extrañó mucho ese repentino interés por unos planos antiguos, aun así, no quise ser indiscreta con la esperanza de que ella me lo aclarase, no ocurrió nada de eso. Entonces hice lo que se esperaba de mí: le prometí hacer todo lo posible para hacerme con ellos, si es que existían en algún lugar, cosa de la que yo no estaba totalmente segura. Finalmente, después de una búsqueda exhaustiva, encontré en los archivos municipales unos planos de la zona en cuestión. Eran muy detallados y mostraban los trazados originales y datados hace más de dos siglos, en una esquina había una anotación “Septiembre año de 1807”. Por lo visto en esa fecha se llevaron a cabo unos trabajos de remodelación de aquella parte del pueblo, que era completamente diferente de como está ahora. Derribaron algunas edificaciones antiguas para cambiar lo que originalmente era una calle, hasta convertirlo en un espacio abierto, dejándolo en la plazoleta alargada que conocemos en la actualidad. Los planos, porque eran dos, daban cuenta del antes y el después de las modificaciones llevadas a cabo. – terminó diciendo Lola.  

  Estaba asombrado por el grado de conocimiento que demostraba Lola sobre el tema del que hablaba. Debió notar mi cara de perplejidad y procedió a aclararme los pormenores.

  • He de decirte que desde hace cinco años soy la arquitecta técnica del ayuntamiento que ahora está en el edificio que ves ahí delante, la entrada principal es por el Paseo del Campo. – señaló hacia lo que yo imaginaba que era una edificación oficial – Tengo mi despacho en la primera planta. Cambiaron el antiguo edificio de la plaza de Andalucía, que es el que tu conocías cuando te fuiste, por este nuevo; el viejo se estaba quedando pequeño para el pueblo.

  • Me he estado fijando antes en él y ya me daba en la nariz que era algún tipo de construcción pública. ¿Eso es donde estaba antes la caseta municipal no?

  • Efectivamente, así es; La caseta ahora está más abajo de la Cooperativa, concretamente en el nuevo recinto Ferial.

  • Me vas a perdonar, al ser arquitecta no sé si tienes algo que ver con ese edificio, pero me gustaba más el antiguo, no dudo de que debe ser más práctico y funcional, pero el otro tenía su carisma y un carácter muy Andaluz acorde con el entorno. – no pude reprimir decir en voz alta lo que estaba pensando.

  • Estoy de acuerdo contigo, como arquitecta y como andaluza mi propuesta hubiese sido diferente, al menos habría elegido, como bien dices, un diseño más acorde con la tradición de esta tierra; paredes blancas, encaladas a poder ser, perfiles color albero, con las tejas habituales de toda la vida… ¡Acercándose a un estilo “Cortijo” vamos! ¡Uy! Perdóname, estoy divagando, pero es que has sacado un tema sensible que me afecta directamente.

  • No te disculpes, he sido yo quien te ha dado pie empezando por ese camino... ¡Arquitecta guau! ¡No te privas de nada eh! Me encanta la gente positiva, que construye, que marca, que inspira.

  • ¡Claro…! ya sabes que lo mío eran las piedras. – dijo Lola guiñándome un ojo.

  • No me lo recuerdes, hay una cicatriz en mi cabeza que todavía tiembla cuando pienso en aquel día.

  • ¡Ea! …chicos aquí tenéis vuestras cervecitas y algo para empezar a picar. – Paula estaba de vuelta con dos copas heladas y un plato de carne estofada con una pinta estupenda, que dejó a nuestro alcance en la mesa.

  Alcé mi copa y propuse un brindis.

  • ¡Por nosotros! y por un interesante reencuentro.

  • ¡Por nosotros Julio!

  Después de degustar un poco de aquella sabrosa carne, que según Paula era venado, Lola retomó el hilo del relato.

  • Bien, te explicaré porque me parece que hay algo raro en todo esto. Nada más encontrar los planos que tu tía me había pedido y aprovechando que tenía que pasarme por la farmacia de la calle Larga, me acerque hasta su casa para entregárselos. Ya sabes la costumbre que tenemos en los pueblos de dejar las puertas abiertas. La encontré, como siempre, en su rincón favorito del patio con un libro como compañero. Le hizo mucha ilusión que hubiese encontrado aquel documento, estuvimos charlando unos instantes, pero ni yo le pregunté para que los quería ni ella lo menciono. Pero lo siguiente que comentó sí que me inquietó bastante. Dijo que si algo le ocurriese olvidara todo lo relacionado con esos planos, incluido por supuesto habérselos proporcionado. Me hizo prometer que lo haría así con una salvedad… “solo se lo puedes contar a Julio”. En ese momento no caí a quien se refería porque conozco a un par de Julios en el pueblo, a pesar de mis protestas y mi insistencia para que me explicase ese proceder tan raro, no quiso aclararme nada más. Cuando le pedí de que Julio estaba hablando solo añadió “… no te preocupes, lo entenderás”. Al día siguiente la encontraron en el mismo lugar donde la había dejado… ¡muerta!

  • ¡Joder! menuda historia Lola. ¿Quieres decir que esos mapas, planos o lo que sean están relacionados con su fallecimiento? ¿Qué sospechas que no murió por un ataque al corazón si no que alguien la asesinó? – cada vez estaba más confuso, no solo ya por el hecho de los pormenores de su extraña herencia. ¿Ahora, encima, podría haber sido quitada de en medio por algún oscuro complot? A pesar de que no podía creer que alguien llegase a matar por el asunto de unas obras que se hicieron hace doscientos años, no sé por qué, pero, o estaba equivocado, o mucho me temía que lo que me había contado Lola, encajaba en la línea de secretismo que parecía rodear a todo lo que se relacionaba con la tía Enriqueta.

  • ¿Sabes de alguien que la quisiera tan mal como para matarla? – se me hacía rarísimo hacer esa pregunta y mucho más pensar que se hubiese cometido un crimen en mi pueblo, no recordaba que algo así hubiera ocurrido jamás.   

  • Bueno no es eso lo que estaba sugiriendo exactamente. No conozco a nadie con tan malas asaduras como para llevar a cabo, supuestamente, semejante barbaridad. En realidad, era muy querida en el pueblo, se portaba muy bien con todo el mundo ¿sabes?, se involucraba en casi todos los proyectos sociales a nivel local e incluso los promovía, era uno de los miembros más activos dentro de la “Asociación Cultural Amigos de La Campana” que realiza todo tipo de actividades culturales en el pueblo. En lo que a mi concierne, siempre me trató como si fuese parte de vuestra familia, yo la visitaba a menudo porque, además, en su compañía me encontraba muy a gusto y ella confiaba en mi sin reservas, hasta me dio una llave de su casa, que conservo, para que entrase cuando quisiera. Era una mujer muy inteligente y culta, ha sido una gran pérdida para el pueblo, no me pasa por la cabeza que uno de aquí pudiera hacer esa barbaridad. De hecho, en su funeral no faltó ningún Campanero o Campanera que se precie, fue muy emotivo, ha sido una lástima que no estuvieras. Yo pensaba en alguien de fuera, tal vez un ladrón.  

  • Tengo que reconocer que me entristece mucho no haber podido estar, pero es algo ajeno a mi voluntad. La primera noticia que tuve fue a través de una carta, la del Notario del que te he hablado antes y la recibí una semana después de su muerte.

  • Me consta que es cierto. Todos en el ayuntamiento con el alcalde a la cabeza han movido mil resortes para localizaros tanto a tus padres como a ti, pero sé que les ha sido del todo imposible encontrar algún teléfono o dirección donde situaros. Por eso, cuando ayer encontré la nota con tu nombre y tu número de móvil me sorprendí tanto.

  • ¡Espera, espera…! ahora no comprendo nada, explícame que es eso de una nota con mi número de móvil. – otra vez sin quererlo, volvía esa incomoda impresión de incertidumbre relacionada con Lola y empezaba a notar como mis sentidos entraban en modo defensivo.

  • Te aseguro que a mí también me desconcertó, y mucho, encontrarla, así como si nada, por arte de magia, sobre todo después de mover mar y tierra para dar contigo. ¡Chico eres el hombre invisible! ¿no tienes Facebook, Twitter, Instagram o cualquier otro perfil perdido en la red? ¿LinkedIn al menos para temas laborales?

  • No soy partidario de las redes sociales, creo que son demasiado intrusivas y yo valoro mucho mi privacidad, prefiero relacionarme cara a cara. En cuanto al trabajo, afortunadamente por el momento no necesito buscar nada, estoy bien con el que tengo. Pero aclárame ese asunto de la nota por favor.

  • Fue esta mañana. Suelo madrugar bastante porque tengo la costumbre de hacer ejercicio bien temprano, nada más levantarme y antes de desayunar para después acudir al trabajo. La encontré en el suelo de mi portal dentro de un sobre cerrado, justo cuando me disponía a salir para correr un poco, supongo que alguien durante la noche lo habría deslizado por debajo de la puerta. – Sacó del bolso un sobre color crema y me lo dio.

  Lo examiné con atención por ambos lados. No había nada especial en él. Del interior extraje un pequeño trozo de papel con algo muy escueto escrito a mano: “Julio 788522085. Llamar urgente. “

  • ¿Y no tienes idea de quien ha podido dejártelo?

  • En un principio pensé que habías sido tú, que te habías enterado de lo ocurrido a tu tía y habías venido a La Campana, te dio por saber de mí y querías contactar conmigo, pero descarté esa idea nada más escucharte esta mañana, estaba claro que no esperabas mi llamada. – hizo un gracioso mohín – Por eso te dije que alguien está muy interesado en que estemos en contacto.

  • ¿Y no me habrá, finalmente, localizado alguien del ayuntamiento y quería hacértelo saber de esa forma?

  • También lo pensé, aún no lo descarto, aunque me plantea varias dudas ¿por qué motivo? y… ¿solo a mí? Estuve preguntando discretamente sin mencionar nada acerca de la nota, solo por si había alguna novedad en tu búsqueda y de momento nadie de los que he visto sabía nada nuevo. Además, esa no es la forma habitual de comunicarnos, normalmente usamos un grupo de WhatsApp del trabajo y es por ahí que intercambiamos información, es más rápido y todo el mundo está al tanto al mismo tiempo.

  • Estas en lo cierto, a mí también me parece que no es la forma normal de proceder si es de alguien que conoces, supongo que ya averiguaremos de quien se trata y porque se ha tomado tantas molestias en que retómenos el contacto, que por otra parte le agradezco mucho. – Me regaló una sonrisa que le iluminó el rostro y yo pude ver de nuevo su cara de niña de 14 años.  Estaba guapa con aquel vestido blanco de estilo Ibicenco, que le sentaba como un guante y ceñía su perfecto cuerpo.

  • Pues mira ahora que lo mencionas, yo también le estoy agradecida, no sé tú, pero yo guardo muy buenos recuerdos de ti. Creo que compartimos una etapa muy bonita de nuestras vidas, un tiempo en común feliz que dejó huella.

  • Me has robado el pensamiento Lola, eso mismo es lo que yo creo. Ten en cuenta que crecimos juntos y en la infancia y adolescencia somos muy receptivos, como esponjas que todo lo absorbemos y todo nos condiciona para bien o para mal. Aún andábamos sin escudos ni corazas, con las puertas abiertas de par en par y dispuestos a descubrir cosas nuevas.

  Nos miramos con intensidad, en silencio, sobraban las palabras, nuestro interior estaba hablando muy claro. Muchas veces el silencio no es tiempo perdido sino más bien un lugar lleno de latidos. Ambos comprendimos que, a pesar de los años transcurridos, aún existía un lazo de unión muy fuerte sincronizando nuestros corazones. Le cogí la mano y ella me la arropó entre las suyas.

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