
-Nuevo libro-
Alfonso Richarte

Esta es mi tribu
Me gustaría presentaros un trocito del libro, aquí podréis leer un poco y haceros una idea aproximada de la trama.
¡TU OPINIÓN ES IMPORTANTE!
Me gustaría conocer tus impresiones. ¡Un saludo!
Introducción
Érase una vez… así debería empezar la historia de cada uno de nosotros, tal como sucede en los cuentos y terminar de la misma forma que ocurre en ellos “…y fueron felices”.
A estas alturas ya sabemos que las cosas no ocurren como en los cuentos, al menos no en todos los casos, pero… ¿Por qué no? ¿Qué problema hay con eso? ¿Y si fuera posible?
Pero sigamos un orden, empecemos por el principio.
Ha pasado poco tiempo desde que ocurrieron los hechos que voy a relatar, pero ahora, todo lo que sea anterior a esos acontecimientos, se me antoja muy lejano, como si perteneciera a otra vida, a alguien desconocido. Me resulta complicado identificarme con aquel distante Julio Molina. Es como si una especie de envoltura se hubiese desprendido de mi cuerpo sacando a la luz otro “Julio” que, hasta ese momento, ni siquiera él mismo supiera que existía. La metamorfosis, de todas formas, ha dejado un regusto placentero y me aporta la convicción de que he recuperado las riendas de mi destino.
* * * * *
Capítulo 1
Herencia
Segovia, mañana del lunes 16 de marzo.
Aquella mañana despuntó vestida de melancolía bajo un cielo plomizo. Una espesa niebla se empeñaba en no dejar que la vista volase más allá del primer piso de los edificios, ni concedía esperanzas de obtener una caricia del sol. La primavera estaba llamando a la puerta con insistencia, pero el invierno aún se resistía a dejar Castilla sin regalarnos sus últimos coletazos.
Mi nombre, como ya he dicho, es Julio y caminaba sin rumbo fijo, más por aclarar las ideas que por llegar a ningún sitio. De todas formas, no había mucho que ver, las calles del centro permanecían envueltas en un manto lechoso de neblina persistente.
“…algunas situaciones se ven mejor a través de brumas que con la vista despejada” decía siempre mi padre. Confié en que, como de costumbre, estuviese en lo cierto.
Mi padre es un hombre de gestos seguros, mirada serena y palabra escasa pero certera. A veces se esfuerza por aparentar rudeza, pero en casa todos sabemos que es de corazón tierno y lágrima fácil, con una sola excepción que más adelante os explicaré.
La carta abierta hacía un buen rato permanecía en mi bolsillo pesando como una losa. Su contenido resonaba una y otra vez en mi cabeza. Era un texto escueto pero cada palabra actuaba como revulsivo sacando a flote sentimientos encontrados: tristeza, incredulidad, extrañeza, pero sobre todo inquietud.
“Notaría Aguilar Ortiz.
Estimado Sr. Molina, sintiéndolo mucho nos vemos en la obligación de informarle del fallecimiento de su tía Dña. Enriqueta Molina Acosta, la muerte tuvo lugar en su domicilio del pueblo de La Campana el pasado miércoles 5 de marzo. Debido a circunstancias especiales, nos ha sido del todo imposible comunicarle los hechos con anterioridad, como hubiese sido nuestro deseo. Le instamos a que se ponga en contacto con nosotros a la mayor brevedad posible, para tratar un asunto de su interés relacionado con las últimas voluntades de la difunta. También le pedimos que guarde total reserva y no comparta el contenido de esta carta con nadie.
En espera de su respuesta, le rogamos acepte nuestras más sinceras condolencias.
Gonzalo Aguilar Ortiz. (Notario)
Calle Betis, 19-B. Sevilla 41005. Telf. 954222330
Colegio Notarial provincial de Sevilla, colegiado número SE-085”
Suponía que las “…circunstancias especiales” a las que hacían referencia en la carta del Notario, eran debidas a la total falta de comunicación entre mis padres y mi desaparecida tía Enriqueta. Al no poder localizarlos a ellos, y siendo un imperativo legal, imagino que tuvieron que revisar todas las alternativas posibles entre las que me encontraba yo, su único sobrino, el siguiente en la línea de sucesión y también el siguiente familiar más cercano que le quedaba.
La repentina ruptura de relaciones se había producido hacia casi treinta años, al poco de salir mis padres y yo de La Campana, por unos hechos que jamás quedaron claros y de los que ellos siempre evitaban hablar a toda costa. Nunca pude conseguir sonsacarles más de cuatro palabras sueltas acerca de ese tema, así que se había convertido en una cuestión tabú. Nuestra familia no era diferente a las demás. Como en casi todas ellas, siempre hay rencillas, tensiones por esta o aquella opinión, diferencias que con el paso del tiempo terminan por difuminarse y al final nadie sabe muy bien a que se debieron en origen, pero que acaban enquistándose y rompiendo relaciones. A pesar de que no creo que fuese este el caso del conflicto con la tía Enriqueta.
Ella era la única hermana que le quedaba a mi padre y la más pequeña de los tres que habían sido en un principio. En una ocasión recuerdo haber visto una fotografía en la que aparecían los tres hermanos junto a mis abuelos. Mi padre en esa foto aparentaba unos siete u ocho años y la tía Enriqueta aún era un bebe en brazos de mi abuela, que debía rondar los cuarenta. Siempre me ha resultado complicado calcular la edad en esas fotografías antiguas hechas en blanco y negro, sobre todo en lo que concierne a las personas adultas. En aquella en particular, mis abuelos, por su aspecto y la forma de vestir, típica de la época, daban la impresión de tener más de sesenta años cuando en realidad no debían sobrepasar en mucho los cuarenta. El otro hermano se llamaba Antonio, era el mayor de todos y murió muy joven de alguna enfermedad infecciosa que hoy en día, seguramente, se hubiese curado con una caja de antibióticos. Al ser el mayor y haber tenido un final tan trágico, marcó mucho la infancia de mi padre. Siempre se refería a él con devoción, relataba infinidad de anécdotas y las grandes cosas que aprendió de su hermano Antonio, a pesar del escaso periodo de tiempo que la vida les permitió compartir. Cosas sencillas, habituales de los niños de aquellos años, como ir a buscar nidos, o compartir la única bicicleta de la que disponían y que, para la escasez que imperaba, era todo un lujo.
La Campana, mi pueblo, está ubicado en la mágica tierra Andaluza, en la comarca conocida como La Campiña. El pueblo se alza sobre una meseta circular situada en una elevación que la distingue del terreno adyacente. Dos arroyos, que al fluir dejan perfumada la brisa con aromas de poleo y romero, la rodean por el norte y el sur. Desde los campanarios de sus dos iglesias, así como desde cualquier esquina de los límites del casco urbano, pueden contemplarse extensos campos ondulados por suaves colinas vestidas con un tupido manto verde, que se torna dorado trigal cuando las chicharras disfrutan cantando. Y por supuesto, como era de esperar dado que la tierra es ideal para esta plantación, salpicado de manchas de olivar. Cultivo del que se sienten orgullosos y viven muchos de los habitantes de este tranquilo lugar. Por su situación estratégica ha sido usado por diferentes culturas desde la más remota antigüedad.
Es un pueblo a escala humana, pequeño en extensión y grande en historia. Sus calles están salpicadas de blancas fachadas y muchas de ellas cubiertas de teja ocre o parda, en ocasiones moteadas con un verdín intermitente; muchas tienen el aspecto de una obra producto del pincel de un impresionista, como si el artista hubiese decidido regalarnos la vista, usando tejados como lienzo rompiendo de esta manera la monotonía marrón.
No hace falta coger ningún medio de transporte para moverse por él, caminando se tarda menos de quince minutos en cruzarlo de punta a punta. Calles estrechas, delineadas por ancestrales necesidades funcionales, millones de veces transitadas a través del tiempo y en algunas de ellas, las más antiguas; cuatro o cinco casas mitad palacios mitad mansiones, como pregonan ostentosos y artísticos portales vestigio de un noble pasado. Una plazoleta con nombre antiguo y fuente central, jalonada por bancos de hierro forjado, decorados con artísticas filigranas, desgastados por el roce de miles de cuerpos. Mudos testigos de los besos de novios de todas las épocas. Lugares inertes que sin embargo ostentan un fuerte carácter y parecen dotados de alma propia. Guardianes de leyendas trasmitidas de generación en generación a través del tiempo.
Sus gentes, unidos por invisibles lazos de estirpe y sangre, se conocen de toda la vida por los motes de familia. Algunos bastantes curiosos, como el de Anita la del mono el cajón que, según los antiguos dicen, se debe a un pequeño mico que trajo al pueblo su bisabuelo. Por lo visto después de un periodo viajando por algún país del norte de África. El exótico animal fue la sensación del momento. Posiblemente el primero de su especie en recalar por esas tierras como animal de compañía y, según cuentan los más ancianos del lugar, su antepasado lo exhibía por todo el pueblo metido en un cajón para regocijo de la chiquillada. No está claro el motivo de llevarlo en semejante sitio, unos dicen porque era agresivo y otros por protegerlo de los niños, elegid la versión que más le guste a cada uno.
Otros motes tienen un origen menos extravagante, Fernando el chorizo, por ejemplo, era conocido así por su afición a esta chacina de la que consumía grandes cantidades; o bien se pierden en el origen de la memoria colectiva, como Antoñito el Mojo, sin explicación conocida. Además, estos motes, como señas de identidad familiar, cumplen una función esencial en las relaciones sociales. Implican pertenencia a un círculo cerrado, un distintivo de etnia. Todos los habitantes del pueblo están orgullosos de ostentarlos, además tienen la particularidad de ser heredados por los descendientes directos, como los apellidos. De hecho, es poco normal que alguien sepa el nombre completo de un vecino, sin embargo, lo identifican sin dudar por su mote.
¿De qué habría muerto mi tía? En la carta no se hacía referencia alguna a ese asunto. A menos que hubiese sido un accidente o sufriese alguna enfermedad grave, no se me ocurría otro motivo. En realidad, era relativamente joven ¿qué podría tener… 70 años? tal vez menos. Hoy en día eso no es motivo para morir, afortunadamente la esperanza de vida es mucho más elevada. Yo siempre la recordaba como una mujer fuerte y llena de vitalidad, con unos profundos ojos verdes y su melena ondulada retando al levante. Otra cosa que inevitablemente ronda mi cabeza cuando pienso en ella es una dulce sensación de cariño autentico, de ese que se entrega sin esperar nada a cambio, y sé que era sincero, no se puede fingir cuando es de esa clase.
Me encantaba estar en su casa, podía pasarme horas y horas jugando por el patio, el corral o investigando que maravillas se escondían entre la multitud de cajas, baúles, muebles desgastados y todo tipo de cachivaches fuera de uso que se apilaban en un gran desván de techo alto y vigas de madera a la vista. Ese lugar misterioso, envuelto por un halo de permanente penumbra y que en ocasiones era atravesado por esporádicos haces de la intensa luz del sol, era mí debilidad, el terreno ideal para vivir aventuras imaginarias. Me costó bastante relegar a un rincón de mi memoria todas aquellas sensaciones agradables de mi etapa infantil que estaban relacionadas directamente con tía Enriqueta. Inevitablemente siempre permanecerían asociadas con esa casa y la presencia de mi tía, pero mi padre puso mucho empeño en la tarea. Ahora, tras leer la carta, esos recuerdos volvían a resurgir con fuerza.
Había otra cosa que me intrigaba, aparte del motivo de su muerte. ¿Por qué era tan importante que yo estuviese en la lectura de sus últimas voluntades? ¿Y por qué el notario no hacía referencia alguna a mis padres, aún vivos? Seguramente él estaría informado de esa circunstancia. Entraba dentro de lo razonable que no los hubiese podido localizar, pero una vez que me hallaron a mí lo lógico sería que me pidieran hacer de enlace para informarles también a ellos y que acudiesen, al mismo tiempo que yo, a la abertura del testamento. A fin de cuentas, eran su hermano y su cuñada. Esa última frase en la carta del notario seguía martilleando mi cabeza y era la que más recelo me producía: “… No comparta el contenido de esta carta con nadie”… ¿Qué puñetas significaba eso, a cuenta de qué tanto secretismo?
Me sorprendí a mí mismo contemplando al final de la calle la difusa silueta del acueducto entre velos de bruma serpenteante. Puesto que mi casa se encontraba en el extremo opuesto de la ciudad, muy lejos de este monumento, deduje que, posiblemente, habría estado deambulando por las estrechas callejuelas de la zona antigua durante bastante tiempo. Entré en el Bar Colonial y pedí un par de tostadas con un café. La bebida caliente y la cafeína reactivaron mis neuronas.
Tomé una decisión. De momento no le diría nada a mis padres. Ellos viven en Barcelona y les cuesta arrancar para un viaje largo. Aunque no creo que quisieran ir dadas las circunstancias, una vez que el funeral y entierro, seguramente, ya se habría producido. Y de todas formas… ¿Qué más da que lo sepan ahora o dentro de una semana? Aprovecharía los días de vacaciones a mi disposición con motivo de la Semana Santa, que empezaba justamente ese lunes, y viajaría en coche al pueblo, lo aclararía todo y les presentaría las conclusiones sin misterios ni cosas raras.
Capítulo 2
Sevilla
Sevilla, lunes 16 de marzo, 19:25 horas.
Llegué a Sevilla bien entrada la tarde, cuando el sol ya acariciaba el horizonte salpicando el cielo con destellos naranjas y violetas. Había reservado habitación en un hotel próximo a la Puerta de Jerez, era lo más práctico, de esa manera solo tendría que dar un pequeño paseo atravesando el Guadalquivir por el puente de San Telmo para llegar a la Notaría; esta se encontraba justo en la calle paralela al curso del rio, en la orilla opuesta. Pero eso ya sería mañana, ahora necesitaba un buen baño relajante, para desprenderme de los casi seiscientos kilómetros que atenazaban el cuerpo y la mente, tal vez después saliese por ahí a dar una vuelta y cenar algo.
Me encanta viajar y he visitado infinidad de ciudades, muchas de ellas impresionantes en todos los sentidos, con monumentos espectaculares y barrios dotados de un ambiente especial donde poder disfrutar de momentos inolvidables, pero Sevilla me cautiva como ninguna otra ciudad del mundo puede hacerlo. Como siempre, es una delicia deambular por sus calles. No se trata solo de arquitectura o edificios emblemáticos, es esa magia intangible que flota por doquier, o tal vez la fragancia a azahar procedente de los naranjos florecidos que mezclada con el aire fresco de la noche te transporta a lugares de ensueño.
El centro, y sobre todo los alrededores de la imponente Catedral, habían cambiado mucho desde la última vez que estuve allí. Por ejemplo, el tranvía o metro en superficie era algo nuevo para mí, así como la conversión en zona peatonal de toda esa parte. Impresionante la transformación. Una vez con las energías renovadas, había dejado el hotel para sumergirme en la vida nocturna con el mejor ánimo y dispuesto a olvidar preocupaciones. Visité un par de tabernas, todas muy concurridas, y disfruté degustando una variedad de tapas, todas exquisitas, acompañadas de sus correspondientes cañas. En el último local que recalaba terminé por entablar una animada conversación con un grupo de cuarentones, con los que no solo compartía edad si no también algunas de mis aficiones, entre ellas el futbol. Eran divertidos y derrochaban afecto, me integré en aquella tropa sin ninguna dificultad. Está bien fundada esa leyenda que dice que nadie puede sentirse extraño en Sevilla, su gente se encarga de ello.
-
…No puedes pretender estar en Sevilla y que te dejemos beber a solas en un bar. Anda ven con nosotros, te divertirás. – me dijeron. Regresé bastante tarde al hotel, cansado pero satisfecho.
Capítulo 3
El notario
Sevilla martes 17 de marzo. 07:35 de la mañana.
Desperté sobresaltado por el sonido del móvil; en la pantalla intento adivinar con un ojo entreabierto y el otro cerrado el número entrante “Número desconocido, no está en mis contactos ¿Qué? ¿…las 7:35?”
-
¿Diga?… espero que sea algo importante ¿Sabes qué hora es? – dije, casi susurrando, mientras carraspeaba para aclararme la garganta.
-
¿Julio? ¿Eres Julio Molina? – me responde una voz femenina al otro lado de la línea.
-
Si… ese es mi nombre – el tono de voz me resulta muy familiar, aunque no logro identificarla. – ¿Y usted es…?
-
¡Gracias a Dios, pensé que todo esto era una broma! …soy Lola, Lola Vázquez.
-
¿Lola? ¿Lola la del Cerrillo? – el corazón me dio un vuelco, al tiempo que mi cabeza se despejaba de sopetón.
-
Sí… esa Lola ¿y tú el Julito de la calle Nueva no? – intuí una risa reprimida acompañando el final de la frase.
Hacía mucho tiempo que nadie me llamaba así, de pronto me vi con pantalones cortos persiguiendo ranas y lagartos por el arroyo de Santa Marina. Conocía a Lola desde que éramos niños, habíamos compartido muchos juegos y también habíamos vivido juntos las primeras acometidas de la adolescencia.
Siempre recordaría aquel primer beso inocente, el primero para ambos. Una tarde tendidos sobre la hierba, cerca de aquel reguero de agua intermitente jalonado por adelfas, aneas y cañaverales, que era nuestra zona de juegos y donde siempre andábamos haciendo travesuras, como competir intentando atrapar mayor número de lagartos o ranas que la pandilla rival. Charlábamos animadamente sobre la última película que habíamos visto en el cine de verano, mientras esperábamos la llegada del resto de la tropa. Al comentar la escena final, donde el chico besa a la chica, nuestras miradas chocaron en el aire. A los doce años los dos teníamos curiosidad por saber que se sentía al dar un beso en los labios, una especie de experimento. Cerramos los ojos y ocurrió. Solo uno, pero dejó huella. Su boca tenía sabor a chicle de melocotón. Intenté, no sé cuántas veces, tener una sensación parecida comiéndome la misma fruta, pero nada que ver.
-
Me alegro mucho de oírte Lola – Dije, intentando salir de aquel sueño, suspendido todavía de sus coletas. – ¿Qué tal estás?
-
Estoy bien ¿y tú qué tal?
-
Muy bien, muy bien, pero dime… ¿Cómo tienes mi número de móvil? – Una vez recuperado del shock inicial, mi mente volvía a hacerse preguntas lógicas.
-
Bueno Julio, te diré… es algo muy raro, lo mejor sería, si pudiera, explicártelo en persona ¿Tienes pensado venir al pueblo? ¿Sabes que tu tía Enriqueta ha muerto? ¿verdad?
Aquello me pilló desprevenido, y al mismo tiempo me puso en guardia, ¿si ella tenía mi número, porque no me llamó la semana pasada cuando murió mi tía? de repente sin saber por qué, me sentía absurdamente defraudado y enfadado con Lola.
-
Sí a tu segunda pregunta, estoy al tanto de eso y no a la primera, no sé todavía lo que haré, de momento tengo que ocuparme de algunos asuntos y ya decidiré según estos evolucionen – lo dije en un tono tan cortante que incluso me sonó demasiado borde.
Recordé la “recomendación” de la misiva notarial y me mordí la lengua. Lola debió sentirse incomoda (yo lo estaría), pero su reacción no dejaba entrever que mi respuesta le hubiese molestado lo más mínimo.
-
Está bien, no te preocupes, lo entiendo, debes estar pasando por unos momentos muy difíciles, se lo que tu tía Enriqueta representaba para ti. Hagamos una cosa, si te parece cuando hayas terminado con esos asuntos, llámame y hablamos con tranquilidad, intuyo que alguien, que todavía no sé quién es, ha forzado las cosas para que tú y yo retomemos el contacto. Ahora ya tienes mi número grabado ¿Qué me dices?
-
Me parece bien Lola, y discúlpame si he sido un poco brusco, prometo devolver la llamada, solo deja que aclare mis ideas.
Esa chica no dejaba de sorprenderme, ante mi inoportuna falta de delicadeza, estaba reaccionando con una dulzura que me seducía.
-
Nada que disculpar, te estaré esperando, un beso – ¡Vaya! ese beso no sonaba como un mero formalismo entre amigos, en boca de ella tenía un significado diferente, todavía no sabía cuál, pero definitivamente nada en común con los que te regalaban a diario por WhatsApp.
-
Un beso, nos vemos y cuídate – acerté a responder.
Me encontraba desconcertado, casi aturdido por aquel aluvión de acontecimientos que desde ayer estaban desbordándose por encima de mi monotonía. A saber, que sorpresas me reservaba todavía el día que ahora comenzaba a despuntar. Seguramente dentro de poco saldría de dudas, lo mejor sería levantarme y bajar a desayunar para acudir a mi cita.
El día anterior había contactado por teléfono con el notario y la habíamos fijado para las 10:00. Antes de eso, no obstante, como tenía tiempo de sobra por el insospechado despertar gracias a Lola, aprovecharía para acercarme a los emblemáticos sitios que recordaba de mi juventud. La plaza Nueva, calle Tetuán, Sierpes, plaza del Duque, esos lugares sí que se habían mantenido prácticamente inalterables.
En esa zona casi todos son edificios antiguos con mucho carácter, solo necesitan un pequeño retoque y un lavado de cara de vez en cuando para lucir imponentes como siempre proclamando su poderío.
No, ninguna modificación se apreciaba en ellos a excepción de encontrarse engalanados para recibir a las Cofradías. De todos es bien sabido como se vive la Semana Santa en esta tierra. La plaza de San Francisco, posterior al ayuntamiento, estaba tomada por un ejército de operarios colocando graderías metálicas para facilitar la contemplación de los “Pasos” y sus interminables sequitos de nazarenos, penitentes y bandas de música, todo un espectáculo visual y sonoro.
Treinta minutos antes de la hora convenida, con un pellizco en el estómago, me encaminé hacía Triana. Con un poco de suerte igual esa misma noche podría dormir en mi casa segoviana, aunque fuese con un endiablado tiempo teñido de gris plomizo, en lugar de la desbordante y acogedora luz andaluza.
El despacho de D. Gonzalo Aguilar Ortiz no podría estar mejor situado. El número 19 de la calle Betis, al borde del Guadalquivir, era un edificio impresionante de tres plantas. La fachada de ladrillo visto en ocre crema estaba perfilada con azulejos de la escuela Sevillana. La decoración con filigranas, tan típicas de este estilo, era en tonos pastel predominando los colores celeste y naranja. A un lado del portón, una reluciente placa dorada anunciaba que la Notaría estaba en el primer piso. Era evidente que los negocios por allí iban viento en popa. El interior de la primera planta era igualmente espectacular, sin ostentación, pero con toques de mucho gusto y muebles caros. Cuadros con pinturas abstractas aportaban una pincelada actual dentro de una decoración clásica. El ambiente estaba lleno de los sonidos habituales qué esperas encontrar en un lugar así. Una neutra melodía de fondo a medio volumen, timbres de teléfonos en sordina, y el apagado murmullo de conversaciones. Me acerqué hasta la mesa que encontré en la entrada donde una chica con aspecto de modelo de pasarela me recibió con un saludo.
-
Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? –la bienvenida venia acompañada de una encantadora sonrisa de calendario iluminando su bonito rostro.
-
Buenos días, mi nombre es Julio Molina, tengo una cita con el Sr. Aguilar.
-
¡Ah! Sí… le está esperando, tenga la bondad de acompañarme por favor. – Se levantó y sin dejar de exhibir su mejor expresión y pose “Instagram”, me guio por un pasillo hasta el despacho que había al final del corredor. Pude observar varias habitaciones abiertas donde unos cuantos empleados trabajaban enfrascados en sus tareas administrativas. Un par de toques en la puerta y la abrió para anunciarme a quien me aguardaba detrás de una enorme mesa.
-
¡Don Gonzalo, el Sr. Molina está aquí!
-
Gracias Laura. Por favor señor, Molina, sea tan amable de acercarse y tome asiento – su mano extendida me invitaba a estrecharla. Era la viva imagen que yo tenía de un Notario. No es que fuese el primero que tenía delante, pero en las ocasiones en que había tratado con ellos, no demasiadas afortunadamente, algún crédito o cuando compré mi casa, casi siempre se alejaban un poco del estereotipo que almacenaba en mi cabeza. Este, sin embargo, encajaba en el perfil. Rondaría los sesenta y pico, pelo blanco todavía abundante, barba del mismo color bien cuidada, nariz aguileña y, tras unas gafas con montura redonda, unos ojos vivarachos que parecían escanearme de arriba a abajo.
-
Muchas gracias – respondí y me acomodé en una mullida silla con reposabrazos.
-
Ante todo, quiero agradecerle su pronta respuesta y su disposición a acudir sin reservas, a pesar de lo extraño que le haya parecido mi comunicación. Discúlpeme por favor, pero entenderá enseguida los motivos que me obligan a actuar así. Si es tan amable necesitaría el DNI para comprobar su identidad y que me firme este documento, puro formalismo. – me alargó un folio con algunas líneas escritas y un espacio al final para la firma – En él se dice que da su consentimiento para todo lo relacionado con el testamento de su tía.
-
Estoy ansioso por oírle – dije, al tiempo que le entregaba el carné y firmaba la hoja– ¿Tengo motivos para preocuparme por algo? – añadí, con una sensación de impaciencia creciente.
-
En absoluto, no creo que haya nada que temer. Permítame que le diga que a mí también me ha resultado muy inusual todo este asunto, llevo ejerciendo de Notario los suficientes años como para haber visto casi de todo y créame cuando le digo que he visto cosas raras de verdad. – acompañó sus últimas palabras cerrando los ojos y mostrando una sonrisa torcida, con la que, imagino, quería transmitirme esa sensación de que había vivido situaciones parecidas. Guardó el documento ya firmado y me devolvió mi carné con un gesto de aprobación
-
Su tía, que en paz descanse, era clienta nuestra desde hace bastantes años, el testamento que ahora nos ocupa fue redactado en los años setenta y solo ha sufrido una modificación desde entonces. El resto de las gestiones que se realizaron con nosotros fueron las habituales y rutinarias en este negocio. Su tía redactó lo que llamamos un “testamento secreto”, eso quiere decir que está cerrado y que solo ella conocía el contenido. También dejó una carta cerrada dirigida a mí, con la condición de que solo fuese abierta en caso de que ella muriese y antes de abrir su testamento. En esta carta – me mostró un sobre abierto – daba instrucciones de cómo proceder. Lo primero era que solo podría estar usted en la lectura, lo habitual es avisar a todos los familiares para que estén presentes, y es lo que hubiésemos hecho, ella lo sabría y de ahí que me dejara instrucciones precisas al respecto. Quería asegurarse de que nadie más que usted, y por supuesto yo como testigo porque he de dar fe, conociéramos sus últimas voluntades. Ese es el motivo por el que le pedí total reserva y que no comentase nada de lo que decía en la carta que le envié. En ese sobre había además un número de cuenta que se corresponde con una caja de seguridad depositada en una entidad bancaría. Para abrirla se necesita una combinación alfanumérica, yo tengo la serie de números, siete en concreto, pero faltan las seis letras que completarían la llave digital. Puede que esa palabra la encontremos dentro del testamento. – Hizo una pausa con la intención de que asimilara lo que acababa de contarme. Don Gonzalo debió intuir, por la expresión de mi cara, que estaba desconcertado y que no entendía a que venía tanto misterio, no se equivocaba, es más… se quedaba corto. Las palabras se secaban en la garganta, ¿Qué decir?
-
La razón de tanto secretismo no la sé – continuó – eso se lo dejo averiguar a usted. Yo solo me limito a ponerle al tanto cumpliendo con mi cometido. ¿Le parece que procedamos con la lectura del testamento?
-
Sí, sí, por favor, estoy deseándolo, a ver si eso nos aclara algo de todo esto.
-
Bien, entonces vamos allá.
Abrió uno de los cajones de su mesa escritorio y extrajo un sobre lacrado del tamaño de una cuartilla, despegó el sello de lacre con un abrecartas y sacó un folio doblado que una vez desplegado me mostró e hizo lo mismo con el sobre volteándolo para que comprobase que no había nada más dentro. Estaba escrito a mano, reconocí enseguida la cuidada letra de la tía Enriqueta. Don Gonzalo comenzó a leer:
“Yo, Enriqueta Molina Acosta con documento de identidad número 35360117G. en pleno uso de mis facultades mentales, por el presente testamento ológrafo, otorgo todas mis propiedades a mi sobrino Julio Molina Beltrán hijo de Alberto Molina Acosta y María Beltrán Serrano. A continuación, detallo las propiedades hoy en día:
-
La casa situada en el número 28 de la calle Larga, del pueblo de La Campana.
-
2 fanegas de tierra plantadas de Olivos colindantes con la finca de La Cigüeña.
-
El dinero en efectivo que, a mi muerte, posea en cualquier cuenta bancaría que tenga oficina abierta en La Campana.
-
El contenido de la caja de seguridad depositada en la oficina principal del Banco de Andalucía de Sevilla y que mi sobrino, que ha sido buen marino, sabrá navegar hasta abrirla.
-
Y para que conste que esta es mi voluntad firmo este documento.
En La Campana a 19 de septiembre de 1979.
-
Eso es todo – dijo el notario, y parecía decepcionado – En realidad no difiere mucho del resto de testamentos que he tenido oportunidad de abrir hasta ahora. Está bien redactado y no habrá problemas legales para que se haga cargo de todas esas propiedades, siempre y cuando su padre, que legalmente sería el heredero por consanguinidad, no ponga objeciones. Lo único que echo en falta es la clave alfabética para la caja de seguridad. Pensaba que la dejaría escrita, en lugar de eso hace referencia a su condición de buen marino y que usted “sabrá navegar”, no sé qué significa ni tampoco es asunto mío, supongo que usted sí sabrá, porque si no es así mucho me temo que no podrá disfrutar de lo que contenga, ahí sí que tendríamos problemas para acceder. Según he logrado averiguar se trata de una cuenta especial, podríamos calificarla de casi anónima. No está asignada a ningún titular, la única forma de abrirla es poseer la clave correcta, o litigar con el Banco y esperar el tiempo legal, pero este proceso es costoso y puede demorarse indefinidamente. La confidencialidad y discreción de las cuentas son máximas, ese es el propósito de estas cajas, y como es lógico en ese aspecto son muy estrictos, han copiado el modelo de los bancos suizos.
-
¡Pues estamos bien! – solté una carcajada cargada de ironía sin poder contener mi contrariedad – No tenía ni idea de que mi tía fuese tan rebuscada.
-
Yo tampoco, la verdad, pero estoy empezando a pensar que tenía motivos para ese comportamiento. Lo que sea que esté guardado dentro de esa caja debió ser muy importante para ella, se tomó muchas molestias para que nadie más lo supiese ni pudiera tener acceso a ello. – sentenció Don Gonzalo.
-
Bien, en ese caso lo mejor será empezar a desentrañar el misterio. ¿Cuál es el siguiente paso? – estaba muy perdido – Le agradecería de veras que me orientase.
-
Hemos terminado con el testamento, tengo que quedarme con el original, pero puedo hacerle una copia, de todas formas, le facilitaré un poder notarial por si acaso tiene algún problema hasta que todo esté legalmente a su nombre, me refiero a la casa y el terreno. En cuanto a las cuentas bancarias, ya sabe que solo ha de preguntar en los bancos con oficina en su pueblo. Mi recomendación es que empiece por hacerse con la “famosa” caja, solo ha de preguntar en la oficina principal del Banco de Andalucía. ¿Sabe dónde está?
-
Si no la han cambiado de sitio, creo recordar que muy cerca del Ayuntamiento de Sevilla ¿no es cierto?
-
Efectivamente, está muy cerca, al principio de la calle Fernández y González que comienza justo en un costado del edificio del Consistorio, si conoce Sevilla no tiene perdida.
-
Hacía tiempo que no venía, no solo a Sevilla sino también a Andalucía, pero espero que en esa parte de la ciudad todo siga en su sitio a pesar de las modificaciones – le dije al notario, mientras visualizaba la espectacular fachada del ayuntamiento y el edificio que servía de bifurcación entre la calle Constitución y la que albergaba la sede del banco. Unas artísticas terrazas con columnas aguantando arcos arabescos y aquella cúpula bicolor con azulejos blancos y azules, alternándose en franjas horizontales. El conjunto destacaba del entorno y tenía todo el aspecto de haber salido de un cuento de las mil y una noche – ¡Simbad! – casi grité.
-
¿Perdone? – dijo el notario con una expresión de asombro.
-
Creo que he descubierto la palabra clave.
Cuando vi, como en una fotografía dentro de mi mente, la fachada de ese edificio tan singular, con un asombroso parecido al cualquier palacio sacado de un cuento oriental. Se puso en marcha un proceso automático de asociación de ideas que me llevó de la mano hacía los cuentos de las mil y una noche y, una vez dentro del libro, hasta la historia de los viajes de Simbad el marino. Ese libro de fábulas y leyendas, todas ambientadas en el misterioso Oriente Árabe, se convirtió en mi lectura favorita durante años. De la mano de mi tía, que fue la “culpable” de mi iniciación en el mundo de los libros, yo me sumergía en él y recreaba en mi mente todos aquellos exóticos escenarios sintiéndome al mismo tiempo protagonista. Podía releer los cuentos que más me gustaban sin cansarme y, aunque me los sabía de memoria, al leerlos siempre experimentaba el mismo placer de la primera vez. Cuando en alguna ocasión hacíamos referencia a las aventuras de este navegante, recordé que mi tía siempre decía que yo tenía madera de marino y hubo un tiempo en que hasta me llamaba el pequeño Simbad. Pienso que ella sabía que yo no tendría problemas para deducir la clave con la pista que me dio.
-
Mi tía ha sido muy ingeniosa…perdón, quise decir que fue muy ingeniosa.
-
Parece que le conocía bien a pesar de los años de separación, al menos sabía su forma de razonar. – aseveró convencido Don Gonzalo.
-
Eso es cierto y lógico, en cierta forma ella me formó. Quiero decir que fue en el colegio donde me enseñaron a leer, escribir y las matemáticas, pero en el aspecto personal ella tuvo la culpa. Eso incluye el raciocinio, el razonamiento y a ser un buen observador de todo cuanto nos rodea.
-
Entonces ya tiene todos los elementos para hacerse con lo que guarde la caja de ese Banco. Por mi parte no queda nada más, he cumplido con todas mis obligaciones. Me encargaré de que le preparen todos los documentos que le acrediten a usted como propietario legal de sus nuevas posesiones, será algo rápido. Si es tan amable de volver a visitarnos en un par de días, creo que ya estará todo listo. Si tiene alguna duda o si considera que puedo hacer algo más por usted, por favor no dude en decirlo o ponerse en contacto conmigo si le surge en el futuro. – se levantó y me ofreció de nuevo su mano en señal de despedida.
-
Espero que todo vaya bien, si le necesito lo llamaré, gracias. – dije estrechando su mano de nuevo.
La sensación que me dejó aquella visita fue desconcertante. Por un lado, aún estaba recuperándome del shock que me produjo la noticia de la muerte de tía Enriqueta, y ahora la entrevista con el notario había añadido un toque de sigilo y misterio, más del que imaginaba en un principio. Intuía que no iba a aburrirme demasiado descifrando aquel enigma.